Mi marido no me desea, pero para él todo está bien: ¿de quién es el problema?

Él me ama mucho, nos llevamos muy bien y queremos pasar juntos el resto de nuestra vida, pero … Antes hacíamos el amor todos los días y a veces más, pero ahora ……. Lo tenemos todo para ser felices, somos jóvenes, nos gustan nuestros trabajos, no tenemos apuros económicos ni otro tipo de preocupaciones, podemosviajar porque todavía no tenemos hijos, pero …. Todo bien, salvo que él no me desea y que no reconoce que tiene un problema, así que no quiere ir adonde un especialista.

 

Si es la mujer quien nos viene a consultar porque considera que su pareja sufre de una seria disminución de deseo sexual: ¿de quién es el problema?  

Esta pregunta que parece tan simple implica otra serie de interrogantes muy difíciles de responder respecto al deseo sexual humano: ¿qué es lo natural, cuánto es lo normal, quién está “mal” o “equivocado”; o bien, solo son diferencias en el grado de deseo sexual? ¿Cómo saber si se trata de DSH? y, de ser así, ¿cuáles serían sus causas?. La ausencia de deseo: ¿a cuál subtipo corresponde, se presenta ante cualquier mujer y en todo momento, inclusive cuando se masturba; o bien, aparece exclusivamente ante su pareja estable? ¿Acarrea consecuencias para el hombre y/o para ella y/o para la relación?. Aunque no haya deseo: ¿es conveniente ceder y cuánto en pro del otro o de la relación?. ¿Compete solo al varón o bien éste carga el síntoma de un sistema de pareja disfuncional y/o de un sistema sociocultural “disfuncional”?

 

Al final de cuentas: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de un problema, qué es un problema, tiene solución? Y, ¿de quién es el problema: del que consulta, de su pareja o de la relación? Más importante aún: ¿por qué él no consulta: porque NO lo vive como un problema (egosintónico) y/o cree que el problema lo tiene ella; o bien, siente que “algo anda mal” (egodistónico), pero no quiere reconocerlo ante ella? No admite que sea un problema, pero ¿SI quiere que algo cambie?. ¿Estima que su falta de deseo no afecta a la relación o teme por su futuro – justamente – si van a terapia? ¿Sospecha qué es lo que le (les) está pasando o realmente no sabe?

Y qué pasa con ella: ¿Considera que tiene la culpa y que es ella la que está fallando en algo; o bien, supone que el problema es sólo de él y que ella no ha influido ni en el desencadenamiento ni tampoco en la mantención del problema? Si fuese así: ¿está dispuesta a asistir a una terapia o solo lo haría para “ayudarlo” a él? ¿Y si es ella la que se niega a participar? ¿Se puede intervenir terapéuticamente si él o ella no asisten a las sesiones? ¿Quién es – por último – nuestro paciente: el que consulta, el que no asiste, la relación de pareja o los tres?

Las anteriores son solo algunas de las tantas complejas interrogantes cuyas respuestas, no solamente no pueden ser definitivas, sino que rebasarían los objetivos de este artículo. Cabe señalar que las dificultades asociadas al deseo sexual son uno de los dilemas más escurridizos y desafiantes para la sexología moderna, tanto respecto a su diagnóstico, etiología, terapéutica e incidencia como concerniente a su misma definición, coexistiendo diversas conceptualizaciones teóricas – con escasos datos científicos que las respalden – que generan diferentes interpretaciones acerca de la naturaleza del deseo sexual.

Una de las primeras preguntas que deberíamos contestar – en conjunto con los pacientes – es si se trata de una queja, de un problema o de una disfunción sexual. Si los inconvenientes son transientes, probablemente estemos ante una queja producto de alguna situación puntual, la cual comúnmente remite sin intervención terapéutica. Si, por el contrario, son de larga data y ambos concuerdan en que afectan a la relación, estaríamos ante un problema, dentro de los cuales el más común son aquellas discrepancias en el deseo sexual (discronaxias sexuales) que van más allá de los típicos altibajos propios de cualquier relación de largo plazo. En estos casos, podría ser recomendable una breve intervención terapéutica con la pareja. 

Finalmente, las disfunciones sexuales serían más severas, indudablemente persistentes y cumplen con criterios diagnóstico preestablecidos, requiriendo frecuentemente algún tratamiento. No obstante, nos topamos con una serie de obstáculos que dificultan este proceso diagnóstico. En general, en el ámbito de la sexualidad, como toda conducta se produce dentro de un contexto, es muy engorroso delimitar lo que es natural, normal o patológico, no existiendo ningún elemento aislado ni suficiente que lo defina como tal, sino que depende de la combinación de variadas condiciones de la persona y del sistema de pareja. Específicamente, concerniente al deseo sexual, dado su alta subjetividad coligada a la motivación y a otras emociones, dicha delimitación es aun más incierta y no se puede precisar un nivel universal estimado como “normal”.

Si la conducta sexual humana representa una intrincada interacción entre factores biológicos, psicológicos, relacionales y socioculturales, una disfunción sería necesariamente un trastorno muy complejo y multicausado. En el caso de los desórdenes del deseo sexual, existe consenso en que su análisis y evaluación es más arduo que en las otras disfunciones, partiendo por las falencias en los criterios diagnósticos de los manuales de salud mental (DSM y CIE), cuyas imprecisiones solo permitirían un diagnóstico bastante arbitrario. Dichas falencias obstaculizan el distinguir entre una dificultad sexual menor manifestada por una persona individual como una queja y la presencia de problemas más serios asumidas como tal por la pareja.

Habitualmente, una disfunción sexual se determina de acuerdo con promedios estadísticos y evaluaciones subjetivas tanto de la persona supuestamente sintomática como de su pareja. En el DSM se define al DSH como una inhibición persistente y recurrente de la libido, ocasionando que disminuya la frecuencia de los encuentros sexuales. Empero, no se clarifica a qué se refieren con “persistente” o “recurrente” y tampoco toman en cuenta que se puede tener actividad sexual aunque no haya deseo.

En cuanto a lo subjetivo, tradicionalmente en el proceso diagnóstico se indaga si hay efectos sobre la relación de pareja y si el hombre vive su sexualidad como adecuada, suficiente y gratificante o si, por el contrario, se siente insatisfecho con su funcionamiento, quisiera tener más deseo pero no siente las ganas. En el fondo, si considera que “algo no anda bien” y quisiese que algo cambiase, entonces estaríamos ante un problema. En estos relativistas tiempos posmodernos lo “normal” o el “problema” es más provechoso que lo validen la o las personas subjetivamente, en vez de que sea una etiqueta impuesta desde afuera por un “experto”.

En aquellos casos en que el hombre insistiese en que, aunque reconoce su falta de deseo sexual, para él no es un problema y por tanto se niega a asistir a una terapia: ¿de quién es el problema?. Desde una mirada sistémica, quien se queja es quien tiene el problema y quien tendría que solucionarlo.

Ahora bien, si se ha concluido que estamos ante un problema, surge la siguiente interrogante: las dificultades sexuales son un problema de la persona individual o de la relación de pareja? Ya en los años setenta, uno de los tantos aportes de Masters y Johnson – padres de la sexología moderna – fue establecer que las disfunciones sexuales deben considerarse casi siempre como problemas de pareja.

Por último, ¿qué sucede si alguno de los dos no está dispuesto a participar en una terapia? Si consideramos que la pareja conforma un sistema, entonces cuando algo cambia en uno de sus miembros, inevitablemente influirá en el otro y, por ende, en la relación. Por lo tanto, aunque obviamente no sea la opción ideal, teóricamente es factible modificar el sistema mediante la intervención con uno solo de sus miembros.  

fuente:  http://blogalejandragodoyh.bligoo.com/

Publicado el mayo 8, 2014 en Amor, Parejas, Sexualidad. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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